Antes de estos sonidos descritos al momento de nacer. ya había surgido en mi madre, mi padre y mis hermanas otro tipo de sonido.

Oh! Sorpresa!

Después de 7 años de su tercera hija, su cuarta hija y hermana, entraría a la historia familiar.

Todo fue una sorpresa, para mi madre solo existía un 1% de probabilidad de quedar en embarazo debido a un problema en los ovarios. Después de 3 mujeres finalmente aspiraban que llegara un hombre a la casa, mientras estaba en la barriga de mi mama algunas me llamaban julian. Pero…. nací mujer.

Igual a mi nacimiento ha sido toda mi vida, desde pequeña me ha gustado romper límites, hacer las cosas diferentes a lo esperado, ver lo positivo en lo que se puede llamar una tragedia, creer que todo es posible, pensar que los sueños son solo el inicio de los grandes proyectos, pararme desde la posibilidad en vez de desde el problema, para poderme lanzar a iniciar la mayoría de las ideas que me propongo.

Tuve una niñez rodeada de naturaleza y deporte. Fui nadadora profesional desde los 6 años hasta los 20, llegando a batir dos marcas nacionales.  Cuando no estaba entrenando ni en el colegio estaba cerca de los caballos, de los gatos, de los perros y hasta de las guacamayas, cuando niña mi mascota se llamó Juana, una guacamaya de color amarillo y azul que llegaba todas las mañanas a despertarme para pasar el día juntas, así es juntas, montábamos a caballo, en bicicleta, recogíamos frutas, comíamos y nos bañábamos en la piscina.

Esta solo fue una felicidad momentánea, por los problemas de grupos armados en Colombia no pudimos regresar a la finca, ni pude jugar más con Juana.  Este cambio marco uno de los primeros grandes momentos en mi vida, entender que estamos en un mundo incontrolable, lo que antes me daba felicidad ahora me generaba impotencia, esta emoción desencadenó rupturas familiares y muchas lágrimas; apenas estaba entrando en mi adolescencia.

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Sin entender muy bien lo que pasaba decidí pasar a explorar mi lado artístico con la naturaleza, duraba horas sentada en el piso del apartamento en el cuarto de mis papás mirando por la ventana hacia el cielo, todo para pintar la luna, su resplandor, sus cráteres, sus vetas grisáceas y blancas, sus diferentes fases hacían que encontrara en la luna un aliento de claridad, de inspiración que me permitían soñar con lo bonito de la vida.

En ese momento los animales, mis grandes amigos ya no estaban, así que debía encontrar una manera de socializar desde el amor que me despertaban estos seres, con quienes sentía que podía conectarme desde la verdad.

Se aproximaba el momento de elegir una carrera universitaria, mientras mis compañeros del colegio estaban muy decididos yo me sentía muy perdida, acá es cuando describo uno de los segundos grandes momentos de mi vida, solo podía pensar que quería aprender más de animales, y de la mente humana, y ninguna de las dos carreras la podía cursar en Medellín, mi mamá no acepto que me fuera de nuestra ciudad a tan corta edad, así que esperé las pruebas psicotécnicas para tener una nueva pista, y así fue como elegí estudiar publicidad. Una carrera que me mostró un nuevo mundo, que me permitió explorar la creatividad y la importancia de la simplicidad. Esta carrera la disfruté muchísimo, en ese mismo disfrute sabía que estaba en un lugar en el cual permanecería por un corto tiempo, tal como lo había aprendido con la felicidad que sentía en la finca. Mi pasión iba más allá de la publicidad, mi pasión tenía que ver más con el desarrollo interior espiritual, con el movimiento, con el sentirse fuera de su zona cómoda.

Por este mismo motivo mientras estudiaba publicidad comencé a estudiar el Budismo, y acá marcaría el tercer gran momento de mi vida, habiendo nacido en una familia que visitaba junta los domingos la iglesia católica, rezaba a la Virgen María y a todos los santos antes de dormir, estando confirmada y bautizada bajo la iglesia católica apostólica Romana estaba rompiendo los límites de esas costumbres, estaba explorando una nueva filosofía en la cual la creación del mundo es inexplicable, en la cual no hay un Dios creador. Esta exploración causó sufrimiento inexplicable en mi madre, impulsó a otra hermana a explorar el budismo y despertó después de muchos años la unión, el entendimiento y el respeto basado en el amor y en la compasión entre todos los miembros de la familia, en especial con mi madre..

Pasaron 10 años en los cuales estudié una carrera en la cual no me veía el resto de mi vida, hice un intercambio en España para estudiar un semestre de dicha carrera y trabajé en agencias de publicidad que nunca imaginé, sucesos que marcaron el 4 gran momento de mi vida, agotada de dicho entorno e impulsada por cumplir con mi propósito de conocer la mente humana dejé mi trabajo de oficina….

Emprendí un viaje a Nepal para estudiar en un monasterio Filosofía Budista. Este suceso cambió mi vida de rumbo, mejor dicho lo encaminó.

En este momento descubrí y ratifiqué dos verdades, los sueños tarde o temprano se manifestarán, solo hay que tener paciencia, perseverancia y confianza en que cuando el momento preciso en tiempo y en espacio surja, tu sueño se completará, y la otra verdad es que siempre te puedes reinventar, hoy en día los neurocientíficos dicen que hasta en una hora y media tu cerebro es capaz de tener cambios estructurales físicos, entonces por que no empezar nuevamente?

Ese año emprendí un viaje a un lugar desconocido, y a la vez a mi casa soñada, al llegar a KIBS el monasterio en el que elegí estudiar en Katmandú sentí que todo se unió, mi lado sorpresivo ahora dejaba de ser mágico para tener sentido, la sensación de amor que me despertaban los animales ahora estaba allí presente, la claridad de pintar el resplandor de la luna ahora lo podía sentir, juana parecía más viva que nunca, y yo estaba allí nuevamente naciendo, 27 años después de que mi madre física diera a luz en un hospital en Medellín ahora yo misma estaba dando a luz en el monasterio en Katmandú.

La primera inspiración de aire que entró por mis fosas nasales mientras veía al frente escondido entre las nubes algunos picos del Himalaya me hizo sentir que
estaba en casa, que había iniciado un viaje nuevamente lleno de sorpresas e impermanente que tendría que aprender a disfrutar. Ahí me encontraba, parada en un balcón recibiendo el aire que llegaba del valle de katmandú, sola en mi habitación del monasterio de monjas que practicaban el budismo tibetano, sin saber tibetano, ni hablar ingles a la perfección, ni conocer las reglas necesarias para estudiar con monjes aún así sentía que estaba en el lugar indicado.

Descansé para comenzar clases al otro día, nuevamente empecé a estudiar, en otro idioma, con otra escritura y con otra cultura, me comí las uñas hasta que ya no tenía más que arrancar, la presión que sentí sólo podía equilibrarse con la sensación de sentirme en casa, al estar alejada de la ciudad la energía eléctrica era escasa, no tenía mucho tiempo para comunicarme con mi familia y la verdad lo único que podía hacer era meter en mi memoria la mayor cantidad de textos que pudiera, porque los exámenes eran orales y esta habilidad de la memoria la tenía muy dormida, ya que durante mis años de publicista necesitaba otro tipo de habilidades, totalmente diferentes a las ahora necesarias.

Pasó el tiempo y mis uñas volvieron a crecer, mi memoria mejoró, mi inglés mejoró, aprendí a leer tibetano, conocí las reglas del monasterio, pero sin embargo debía regresar a mi casa física después de terminar los estudios, Colombia esperaba por mi regreso, al llegar mis uñas volvieron a estar muy chiquitas, no sabía como relacionarme en un mundo que aunque fuera mi lugar de nacimiento ahora lo sentía tan extraño.

Fue acá donde encontré la gran revelación, mi quinto gran momento, pues tuve que aprender que la casa está en tu corazón y que tu cultura debe ser la del amor y la del respeto, que tu idioma debe ser el de la compasión y que con humildad debía seguir estudiando para encontrar el punto medio entre la publicidad y el vivir en un monasterio, asi que fue de esta manera como encontré que estudiando Coaching podía pararme y compartir desde ese punto medio.

Me tardó nuevamente varios años el encontrar ese punto medio, cuando finalmente creí que estaba trabajando desde un punto equilibrado con el coaching me di cuenta que aún me sentía partida, en el día trabajaba como coach de vida y ejecutiva y en las tardes o en ciertos momentos del año traducía a maestros Budistas que visitaban Colombia para dar enseñanzas Budistas.

Impulsada por esa sensación y por aprender del cambio descubrí gracias a una tarde de conversación en un café en Bangkok con dos grandes amigas que el momento para dejar de sentirme partida había llegado, y podía poner al servicio mis dos pasiones de manera igualitaria.

Ahora enseno a las personas a entrenar su mente en la vida cotidiana. O en otras palabras a traer el monasterio a su vida cotidiana.